Sin nombres propios
Hoy no tengo ganas de escuchar música, aunque suele acompañarme siempre. Me siento un poco como Forrest Gump cuando, después de correr durante días, se detiene, mira a todos y les dice que está cansado y que es hora de volver a casa. Así yo: sin ganas de darles otra vuelta a los mismos discos ni de pisar los lugares de siempre. Hoy no busco nuevos caminos, solo quiero estar en mi casa. Sin auriculares de por medio, los pensamientos empezaron a ganar espacio. Pensé, por ejemplo, en una amiga que dice ser vegetariana, pero a la que le encanta el sushi. No lo digo porque me moleste su falso vegetarianismo, para nada, sino porque en la vida de ellos —de ella y de su marido, que también es mi amigo— todo parece funcionar así, a base de contradicciones. Acá en Argentina les iba bien, tenían buenos trabajos, pero igual armaron las valijas y se fueron a México a probar suerte. Allá los recibe siempre una tía famosa —una suerte de Susana Giménez: rica, bella y llena de éxito—. Ella es la espal...


